Casas humildes: la vida plebeya en la antigua Roma

En esta página exploraremos cómo vivían los plebeyos en la antigua Roma. Podrás entender las diferencias sociales y económicas de la época y reflexionar sobre cómo estas brechas persisten hoy en día.

Las ínsulas: los rascacielos del proletariado romano

Las viviendas populares por excelencia en la Roma imperial fueron las insulae (islas, en latín); bloques, generalmente en régimen de alquiler, de varios pisos, y que ocupaban las clases humildes ante la dificultad de poder acceder a las viviendas particulares o domus. El nombre de isla se debía a que estaba rodeada de calles, como nuestras manzanas. Para que nos hagamos una aproximación visual, se tratarían de lo que popularmente se conoce como “colmenas” en los ensanches de finales del siglo XX de las grandes ciudades españolas.

Era un tipo edificio de varios de pisos de viviendas, desarrollado en Roma y otras ciudades muy congestionadas, debido a la cantidad de población y al poco espacio.

Eran de mala calidad: de ladrillo, con suelos, techos y escaleras de madera y paja, sin cocinas ni servicios. Esto producía numerosos incendios y derrumbes.

Las insulae eran bloques de tres, cuatro o cinco pisos aunque con el tiempo fueron creciendo en altura y cada piso se fue dividiendo en departamentos cada vez más reducidos y sin patios internos, lo que dificultaba el acceso que terminó por articularse con escaleras exteriores interminables, laberínticas, siendo no extraño que hubiera que pasar por otros departamentos para llegar al propio. Los vanos no estaban cerrados con vidrios, por lo que había que taparlos de diversas maneras, generalmente con tablones para evitar el frío del invierno. Por otro lado, no era raro que en verano la temperatura subiera a extremos agobiantes.

No existía ningún tipo de suministro de agua ni infraestructura de saneamiento, por lo que había que recurrir a las fuentes públicas y a deshacerse de los desperdicios y excrementos a través de las ventanas, generando no pocos problemas de higiene y salubridad en las inmediaciones. La decoración interior era mas bien austera (algo de color en las paredes), al igual que el mobiliario y la vajilla.

Al contrario que las domus, dónde vivían los más ricos, eran un entorno poco confortable, oscuro y constreñido. Estos factores hicieron que los romanos de condición humilde pasaran gran parte del día en la calle y los dirigentes se vieran “obligados” a financiar proyectos de obra pública para ganar su favor político y evitar desordenes.

El incendio de Roma bajo Nerón (64 d.C), arrasó zonas enteras, lo que permitió su reconstrucción con calles más espaciosas y edificios alineados y porticados. Los derrumbes permitieron nivelar las zonas y tapar lagunas.

Las nuevas insulae, alineadas, se limitaron en altura y se les añadieron porches para protegerlas del fuego. Esta reconstrucción empezó con Nerón, pero hasta Domiciano (familia Flavia) no se concluyeron, aunque para entonces volvían a tener el mismo problema. 

Recorrido por una ínsula en Bibilis, actual Calatayud, Zaragoza, España

Tipos de insula y el negocio con las casa en Roma

  1. Primer tipo: en la planta baja se situaban los comercios (tabernae) y talleres. En el entresuelo se disponían los alojamientos para los trabajadores de estos negocios y las plantas superiores se dividían en apartamentos.
  2. Segundo tipo: la planta baja servía para distribuir las viviendas en torno a un jardín o a un pasillo en lugar de tiendas y talleres.

Se construían en un inicio, de madera y adobe pero con el tiempo empezaron a usarse ladrillo cocido y cemento. Los materiales eran de mala calidad por lo que eran frecuentes los incendios y los colapsos de los edificios. Por ello se intento regular la altura máxima de los edificios sin mucho éxito, como han demostrado las excavaciones arqueológicas.

Los incendios eran muy frecuentes y se propagaban con suma facilidad dado el poco espacio entre unos edificios y otros. Debemos tener en cuenta que, sobre todo en las primeras edificaciones cuando la madera se empleaba más que el ladrillo, era muy fácil que se produjesen incendios porque los vecinos usaban braseros para calentarse y cocinar. El salvamento era muy complicado por las alturas y la falta de corredores por los que acceder, convirtiendo a este tipo de construcciones en verdaderas ratoneras donde era muy fácil encontrar la muerte.

Los graves problemas de las insulae motivaron que las autoridades legislaran continuamente al respecto. La motivación para actuar no partía tanto de una conciencia social como de una preocupación por la higiene pública al constatarse los peligros del hacinamiento y por las consecuencias de los derrumbamientos e incendios. Julio César ordenó que la altura máxima no podía superar los ocho pisos, unos diecinueve metros, aunque esto cambiaría con Augusto. Tras el gran incendio de Roma, el emperador Nerón dicto normas muy estrictas para su construcción, que prohibían las paredes en común (ambitus) y limitaba la altura máxima a 5 plantas. Además, decretó que todos los edificios se construyeran principalmente en piedra y que sobresaliesen en la parte delantera pórticos. Augusto y Trajano fijaron la altura máxima en seis o siete pisos, pero en la realidad tales medidas no fueron respetadas; para superar las inspecciones se construía la fachada según la altura permitida y luego se elevaban los pisos traseros. La generalización del ladrillo hizo que volviera a aumentarse la altura.

Un negocio inmobiliario mayúsculo

Los dueños de los terrenos ganaban una fortuna con su venta. El empresario constructor buscaba sacar el máximo beneficio haciendo una inversión mínima, lo que repercutía en la calidad de los materiales de construcción y en la necesidad de levantar temerariamente muchos pisos. Por su parte, los caseros buscaban aumentar los alquileres subdividiendo casi infinitamente los espacios para sacar más departamentos. Famosa fue la fortuna que consiguió Craso comprando viejos inmuebles, casi ruinosos, a precio de saldo, en los que casi no invertía en su reforma, para ponerlos en alquiler inmediatamente.
El precio de los alquileres variaba en función del piso en que se habitaba. Los niveles inferiores (cenáculos) tenían más valor que los superiores. Los pisos superiores (cubículos), de difícil acceso, eran más baratos e inseguros porque no eran raros los derrumbamientos, como ya hemos dicho.

La vida cotidiana en un espacio reducido

Dentro de las ínsulas, las familias vivían en habitaciones pequeñas y a menudo compartidas. La vida transcurría en la calle, en las tiendas de la planta baja o en los espacios comunes. Las comodidades eran mínimas y la supervivencia dependía del ingenio y el trabajo diario. A través de estas viviendas, podemos entender mejor las rutinas y los desafíos de los romanos que no formaban parte de la élite.

Otro problema eran los frecuentes incendios. Las insulae eran construidas con vigas de madera, pero para cocinar y para calentarse se usaban infiernillos portátiles, velas, lámparas de aceite, antorchas, etc.; a ello se suma que el suministro de agua rara vez llegó a las insulae, de modo que los incendios estaban a la orden del día y su sofocamiento era una tarea bastante ardua, por cuanto se propagaban con gran rapidez a otros cenacula y a otras insulae.

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