Murallas, calles, cardo y decumano: el plano perfecto
Aquí desentrañaremos los secretos de la fundación de una ciudad romana. Descubre cómo se planificaban, desde sus imponentes muros hasta las calles principales que las definían. Prepárate para comprender el ingenio detrás del urbanismo romano y cómo ha influido hasta nuestros días.
La fundación de una ciudad romana
Antes de que existieran las grandes ciudades romanas que conocemos hoy, hubo un meticuloso proceso de planificación. Los romanos no construían al azar; seguían un sistema preciso que garantizaba la eficiencia y la defensa. En esta sección, exploraremos los pasos clave que daban para establecer un nuevo asentamiento, desde la elección del terreno hasta la disposición inicial.
Sobre todo, en siglo I A.C. con la expansión del imperio romano en el ámbito del Mediterráneo, surgen numerosas ciudades en los territorios conquistados donde se asentaban las legiones ya jubiladas que recibían como premio a sus años de milicia una porción de terreno cultivable. Con posterioridad Augusto a partir de 4 A.C. sustituyó ese lote de tierra por un premio en metálico abonado por el Aerarium Militaris. A partir de ese momento y sobre todo en las zonas pacificadas muchas ciudades surgieron a partir del Castrum, el enclave militar que poco a poco fue perdiendo ese carácter para convertirse en ciudades con guarniciones más o menos numerosas. La transición entre ambos fue poco traumática ya que poseían características comunes de planificación hipodámica (del arquitecto griego Hipódamo de Mileto que proyectaba un diseño urbano de calles rectilíneas que se cruzaban en ángulo recto. A este diseño se le denomina plano ortogonal, en cuadricula o damero.
Aunque las razones de la creación de una colonia eran eminentemente prácticas y dependían de la orografía del terreno , la existencia de agua, el clima o simplemente su valor estratégico, normalmente, un augur mediante una ceremonia religiosa confirmaba el emplazamiento como un lugar propicio bendecido por los dioses. En la inaguratio se excavaba un hueco en la tierra donde se enterraban ofrendas y tierra traída de las zonas originarias de los fundadores.
En las ciudades de nueva planta se delineaba el perímetro de la urbe utilizando un arado tirado por bueyes a los que acompañaba normalmente un sacerdote. Sobre ese perímetro se construían las murallas defensivas que constituían el límite de la ciudad. A partir de ese momento un grupo de ingenieros y mensores trazaban dos calles principales: El cardo, con dirección norte-sur, y el decumano, con dirección este-oeste. En las superficies resultantes se trazaban en damero las calles ortogonales y las insulae resultantes que conformarían el trazado de la ciudad.
La agrimensura, es decir, las técnicas que facilitaban la correcta ubicación de los ejes principales de las ciudades, era fundamental a la hora de crear nuevas ciudades. Los mayores expertos en agrimensura eran los augures, los sacerdotes de la religión romana.
El plano de la ciudad romana debe tener un cardo (n-s), un decumanus (e-o) y una decussis (cruce de ambas líneas)
Los cippi o cipos eran señales de piedra que marcaban los límites del pomerium. El pomerium es todo el espacio ciudadano intramuros, es decir, dentro de las murallas.
La muralla
Una vez se habían trazado las líneas de las murallas se excavaban los cimientos hasta encontrar terreno firme o roca, rellenando la zanja con material pétreo hasta conseguir un nivel uniforme donde encajaban las primeras filas de sillares, normalmente de grandes dimensiones, sobre los que se asentaban posteriormente el resto de sillares que solían colocarse a “soga y tizón” (ver ilustración abajo) con el aparejo denominado opus quadratum.
Se construían dos muros paralelos con una separación de entre 3 y 5 metros, trabados en perpendicular por un muro de sillares cada cierta distancia y el hueco entre ambos muros se rellenaba con piedras, tierra prensada o lo más frecuente, el opus cementicium, hasta alcanzar una altura que oscilaba entre los 8 y 10 metros hasta las almenas, pudiendo alcanzar mayor altura en las torres, sobre todo si estaban huecas y techadas a partir de la rasante del adarve, algo relativamente frecuente en época tardoromana.
Aunque anteriormente he mencionado la enorme capacidad del pueblo romano para adaptar y mejorar los inventos de otros, hay algo que podemos decir que es genuinamente romano: El cemento puzolanico o pulvis puteolani.
Estrictamente no se trata de un invento sino de un descubrimiento, ya que en el fondo los romanos desconocían las razones del comportamiento de este material. Lo cierto es que supuso una auténtica revolución y usado junto a otros elementos conformaba un tipo de hormigón hidráulico muy versátil (incluso en agua de mar) que fue ampliamente utilizado a lo largo del territorio ocupado por Roma, especialmente en bóvedas, muros, cúpulas, cimientos y un sinfín de obras civiles y militares cuyos restos han perdurado hasta nuestros días, baste citar el panteón de Agripa como ejemplo. Algo que ciertamente no pasará con nuestro moderno hormigón.
El opus caementicium u hormigón romano (del latín opus ‘obra, trabajo’ y caementum ‘grava, piedra en bruto’) es un tipo de material de construcción hecho de mortero y de piedras de todo tipo (de residuos, por ejemplo) que tiene la apariencia del hormigón. La mezcla se hacía a pie de obra, alternando paladas de mortero con guijarros.

¿Cómo era una calle romana?
Las calles romanas, además de albergar viviendas en las plantas superiores, solían tener locales comerciales en la planta baja. Los sumideros, que recogían el agua de lluvia que caía de los tejados y de las calles, estaban distribuidos regularmente a lo largo de la vía, asegurando que el agua fuera conducida adecuadamente hacia las cloacas. Estas infraestructuras eran comunes incluso en ciudades pequeñas como Ampurias, y en las más grandes como Caesaraugusta, contaban con sistemas de alcantarillado aún más complejos.
En el caso de Caesaraugusta, se han localizado los restos de su foro, donde los grandes bloques de hormigón que forman las cimentaciones de los pórticos nos muestran cómo se estructuraba la ciudad. Bajo el nivel del foro, se encuentran restos del sistema de alcantarillado, que operaba por gravedad, llevando el agua de cloaca a cloaca hasta llegar a canales mayores. Este sistema de distribución de agua y de evacuación de residuos era esencial para el funcionamiento de la ciudad y su higiene pública.
La cloaca central era un elemento clave del sistema de saneamiento de la ciudad, y se unía a otros canales para formar una red de alcantarillado que, en el caso de Ampurias, terminaba en el mar. Este sistema de alcantarillado estaba diseñado para evacuar tanto el agua de lluvia como las aguas sucias de las viviendas y comercios. No solo ayudaba a mantener las calles limpias, sino que también era crucial para prevenir enfermedades, contribuyendo a evitar las epidemias que asolaron Europa en la Edad Media.
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