Higiene y vida social en la antigua Roma
Descubre las fascinantes zonas y usos de las letrinas y baños públicos en la Roma republicana e imperial. Un viaje a la higiene y las costumbres sociales de una civilización milenaria.
La estructura de las termas
En su vertiente pública, los balnae o termae eran espacios destinados al ocio ciudadano. Ya desde época republicana, algunas casas patricias llegaban a tener estos balnea de uso privado. No obstante, con el tiempo y viendo las posibilidades para facilitar la vida comunitaria, las termas se hicieron imprescindibles en una ciudad romana. En realidad a las termas no se iba a dar un baño, sino a socializar con otros ciudadanos en un ambiente relajado que propiciaba la toma de tres baños, uno de agua fría, otro de agua templada y uno final de agua caliente.
En la imagen de arriba podéis ver uno de los ejemplos más icónicos de terma: las enormes termas del emperador Caracalla, de las que aún se conserva buena parte. La imagen de su estado actual la podéis ver justo abajo.
Para poder ofrecer este servicio, las termas debían disponer de las instalaciones adecuadas:
1. Apoditerium o vestuario
2. Hipocausto
3. Praefurnium (Horno)
4. Y por último las tres piscinas (frigidarium, tepidarium y caldarium).
Evidentemente, estos edificios podían albergar muchos más servicios como bibliotecas, letrinas, gimnasios, piscinas para nadar, etc., aunque los elementos señalados anteriormente eran insustituibles. Veamos cómo funcionaban dichos edificios.
El uso de las termas
Apoditerium femenino en los baños estabianos de Pompeya
Representación visual del funcionamiento de un hipocausto romano
Los usuarios de unas termas públicas se dirigían a ellas sobre las 12.00 h. a estos haciendo su entrada a través vestíbulo, que luego daba al apoditerium o vestuario, donde se desvestían.
Una vez desprovistos de sus ropas, comenzaba el circuito de baños pasando por las tres piscinas. En este punto cabe destacar que, como nos comenta Vitrubio, lo principal era generar calor en el praefurnium (un horno dónde se calentaba el agüita) generalmente ubicado bajo el nivel del suelo.
El intenso calor generado en este horno semi enterrado se distribuía a través de un espacio hueco o cámara que se formaba entre el propio suelo y la parte de debajo de las piscinas de agua templada y caliente, la suspensura que apoyaba directamente en unas pilastrillas o columnas, creando una cámara de aire caliente. A todo este entramado se le conoce como hipocaustum o hipocausto. Para ver cómo funciona un hipocaustum:
Tanto los caldaria como los tepidaria, las piscinas de agua caliente y templada, necesitaban de estos hipocausta, ya que era la única manera de calentar el agua de las piscinas, indispensable para realizar un servicio completo.
En conclusión, las termas ofrecían un servicio completo de asueto tras la jornada de trabajo de los habitantes de una ciudad. Eran espacios habitualmente concurridos y donde se llevaban a cabo numerosas transacciones comerciales, negocios, etc.
Ejemplo del funcionamiento de un hipocausto en formato vídeo
Letrinas: el otro pilar de la higiene
En termas públicas era habitual que estas dispusieran de espacios para realizar deposiciones de heces. Para ello se recurría a las letrinas, que eran edificios destinados a regularizar el flujo de heces humanas para transportarlas a través del entramado urbano de evacuación de aguas fecales hacia los sumideros correspondientes.
Estos espacios, que eran usados con bastante regularidad (ya que la mayoría de las casas no disponían de sistemas de evacuación de fecales) eran sitios de encuentro de la población.
El agua llegaba a la ciudad de Roma a través de los acueductos, y se almacenaba en grandes depósitos desde donde se distribuía a las panaderías, las casas, los baños… El agua sobrante de estos usos prioritarios terminaba en la red de alcantarillado: la Cloaca Máxima. Iniciada su construcción en el siglo VI a.C. por el rey Tarquinio y ampliada en varias ocasiones en siglos posteriores, recogía las aguas fecales de las casas.
Lógicamente, esta red no cubría toda Roma y mucho menos las zonas de las clases bajas y de las letrinas públicas (latrinae publicae) para llevarlas hasta el río Tíber. El problema era cuando las aguas residuales volvían a su origen por las crecidas del Tíber.
Los romanos inventaron el sistema de alcantarillado, desarrollaron grandes acueductos o insertaron tuberías de agua potable en baños o termas. Pero también idearon un sistema aparentemente novedoso para la higiene personal después de las “necesidades de extrema urgencia”.
Las letrinas eran habitáculos que se encontraban en las vías públicas donde cualquiera que lo necesitara podía entrar y hacer pleno uso. También podían encontrarse como una sala más de las termas públicas.
Imaginemos una sala con una especie de banco corrido adosado a la pared. Añadamos agujeros en esa bancada corrida cada pocos centímetros. Por debajo habría agujeros donde se vertían los “desechos” que posteriormente vaciarían los esclavos y en frente de los asientos habría una especie de canal de agua corriente o pila.
El uso compartido y sus riesgos
Hay que añadir un pequeño artilugio que la gente utilizaba para limpiar sus partes más íntimas, una especie de palo con una esponja en la punta. Se mojaba en el canal de agua corriente y se le daba uso. Tradicionalmente, el llamado xylospongium, literalmente una esponja atada a un palo, se ha considerado como un utensilio que los romanos usaban para limpiarse después de defecar. Aun así, de un tiempo a esta parte se ha reinterpretado el uso de este utensilio, pues no queda claro si era realmente tan común. Podéis ver un ejemplo de xylospongium a la derecha.
Todos solían sentarse juntos, y hacer todo el proceso pegados unos a otros. Al pasar el agua, los restos de desechos iban pasando delante de todos los usuarios y podían quedar adheridos a las esponjas, que eran reutilizables y comunitarias.
Y si los romanos utilizaron su arte y su talento en la canalización, distribución y uso del agua, también lo hicieron a la hora de reciclarla. En las letrinas que la alta sociedad tenían en sus casas, se reciclaba el agua usada en los termas privadas para los retretes, y en casas no tan pudientes, pero que también disponían de letrinas, estas se situaban cerca de las cocinas para reciclar el agua con la que lavaban los utensilios de cocina.
Consecuencias sanitarias
Se han hecho varios estudios a raíz de excavaciones arqueológicas que han descubierto restos fosilizados de bacterias y parásitos intestinales. Gracias a esto podemos deducir que debido al uso de las letrinas públicas muchos ciudadanos romanos padecerían triquina (síntomas gastrointestinales, dolor muscular y articular), lombrices intestinales o disentería (inflamación del colon y sangrado en las heces).
No todo era higiene en las urbes romanas como podemos ver, aunque para ellos esto era lo más común del mundo. Su foco de baterías y enfermedades nos resulta insalubre en nuestros días.
Si hoy os da reparo entrar a un lavabo público, ¡Pensad que hace dos mil años era mucho peor!
Letrina conservada en Ostia Antica
Recreación, a cargo del artista Philip Corke, de unas letrinas romanas en el fuerte de Housesteads, en Inglaterra.
Ejemplo del funcionamiento de un hipocausto en formato vídeo
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